
Hubo un acercamiento importante de la luna a la tierra, y aun Marte la siguió en su descenso hasta que pudo vérselo del tamaño de una cereza. La vista era impresionante.
Aquel invierno la influencia de los astros tenia a todos apesadumbrados, con mucho malestar estomacal. Niños y viejos se quejaban de agudo s dolores de cabeza. Por las noches los lastimeros aullidos de los perros entristecía el sueño de todos. Quienes tenían gatos; la noche del 17 de junio dejaron de verlos. En todos los barrios se empapelaban postes y esquinas con fotos de gatitos perdidos.
Niños con cara larga sobre sus juguetes que ya no les eran útiles. Nadie soportaba la triste atmósfera.
En las noticias se hablaba de vecinos enloquecidos que mataban perros por doquier y de perros que se juntaban a patrullar las calles por las noches, hambrientos, furiosos.
No faltaban los que atacados por las jaurías decían ser hombres lobos. Esto último se tomo para la chacota hasta que en todos los periódicos, en primera plana, se hicieron frecuentes los casos de descuartizamiento y antropofagia; relatos de policías y vecinos horrorizados por el enfrentamiento con hombres-bestias, transformados no de cuerpo sino de espíritu.
Ya nadie salía de las casas. La ola de asaltos y crímenes violentos preocupaba a todos los países del continente; en otras partes del mundo las guerras se declaraban como amantes jugando al bingo.
La depresión y el suicidio se hizo algo mas, como el día que precede a otro y la noche que los separa.
Los psicólogos del mundo pasaron a ser la nueva alta sociedad, hasta que comenzaron a derrumbarse al igual que todos. Las riquezas a pocos importaban.
Por las mañanas los pájaros no cantaban, luego ni volaban y al fin dejaron de alimentarse.
Las jaurías se hacían cada vez mas grandes y hubo que tomar medidas en el asusto; los viejos mandaban y organizaban a los jóvenes en la cacería de canes y licántropos.
También los religiosos aprovecharon la ocasión de enriquecerse, como siempre.
En las escuelas ni un solo niño jugaba en los recreos, apenas si alguna vez reían.
La preocupación de hombres y mujeres disminuía con sus fuerzas. En poco tiempo ni ganas de hacer guerras o de trabajar quedaban, el mundo entero se entregó al abandono.
Para fines de agosto, otra gran oleada de miedo supersticioso entenebreció los corazones. El paso muy próximo de un cometa, seguido de un eclipse solar que para todos, según las memorias, había durado en lugar de pocos minutos, tantas horas como tiene una semana. La oscuridad reinaba en las mentes que desvariaban entre la rara enfermedad y momentos de peligrosa lucidez.
Interesantemente los que mas resistían el profundo hastío, eran quienes dominaban las ciudades: abogados, comerciantes, políticos, jueces y banqueros de todo tipo.
Los estafadores de siempre que aprovechan el desgano general para enriquecerse. Pero ni los que carecen de alma y corazón safaron al fin de la enfermedad del mundo.
En septiembre la gente comenzó a notar que a veces dormía por 5 o 6 días consecutivos, ni hambre sentían. Así también morían por cantidades espantosas.
Los dueños de la televisión y la Internet se bañaban en oro.
Para comienzos de enero ya nadie siquiera intentó despertar. Como osos durmieron 6 o 7 meses…
Fueron los ruidos de la nueva guerra los que despertaron hasta el último de los perezosos.
Esta vez; un gran ejercito formado por hombres de todas las razas y nacionalidades combatía país por país contra los ejércitos autóctonos y en sus pancartas y discursos sostenían con gran convencimiento:
"La tierra está enferma; para curarla hay que devolver el petróleo a sus cavernas, el oro a sus montañas, los diamantes a sus profundidades. Deshabitar las ciudades por completo y hacer pequeños pueblos a lo largo del continente, el uno independiente del otro.
No mas fronteras ni líderes ¡que el que se diga presidente gane lo que el obrero, haber si le alcanza para cumplir sus responsabilidades civiles, y que marche al frente de sus ejércitos! Si se resiste a esto que se quede callado y en su casa sin hacer ni opinar.
Basta de intermediarios entre productores y consumidores, entre justicia y enjuiciado, entre dios y los humanos.
Volvamos a la tierra sin esperar que ningún dios nos salve desde su nave en el cielo. No esperemos mas soluciones milagrosas. Que nadie sienta ni ejerza poder por sobre el espíritu.
Que el que condene sea perfecto y público. Si el que juzga y reparte no es perfecto que no hable ni opine…"
El viejo discurso revolucionario tomó gran significación. Pero tristemente solo fue escuchado cuando ya ni esperanzas quedaban, cuando no había cura ni remedio.
El mundo entero comprendió que para vivir en anarquía debía crecer intelectual, física y espiritualmente, pues donde uno es libre y libre significa ser amo y dueño y completamente responsable de uno mismo y sus actos; allí no existe rey o dios, ni patria ni patrón o juez que determine como al azar la suerte de la vida.
Un pueblo gobernable es un pueblo bruto y pobre de espíritu. La anarquía es ingobernable.
Donde los claros talentos compiten directamente y sin intermediarios, es donde se encuentra el orden natural de las cosas.
Ya nadie temía a la muerte ni al diablo o el infierno, ni al pecado, pues la humanidad despertó al fin en la senda del conocimiento, la manzana germinó y dios fue torturado.

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