jueves, 22 de mayo de 2008

Carta del inmigrante

Buenos Aires, 28 de mayo de 1917



Mi estimado Ferguson:





Ayer no he dejado de pensar en las largas charlas y las intensas borracheras, aquellas largas caminatas nocturnas por el muelle y nuestras habituales visitas a esos caros burdeles ¡Ah! Como extraño a Mina con su rizado cabello rojo cubriéndole los hombros de ámbar...
Realmente pienso en que tienes razón; la independencia latinoamericana del arruinado imperio español, es plenamente superficial, pues esa extraña fascinación que tienen por nuestras costumbres y sofisticaciones. No puedo evitar, al contemplar esto, que una macabra sonrisa patriótica se me dibuje en la palidez de mi rostro que asusta a las mulatas, veo tantos ignorantes desesperados por imitar hasta el modo, por cierto tan elegante, con el que nos sentamos en un bar de la avenida y pedimos un Scotch al cantinero que espera ansioso nuestra europea propina. Pero más gracia me causa verlos a estos salvajes con tanto anhelo de nuestras necesidades espirituales, sin poder evitar la fuerte mancha de paganismo a niveles maquiavélicos de su naturaleza prehistórica.
Por supuesto que hice caso a tus sabios concejos. Ni bien desembarcamos del enorme trasatlántico, me hice humo de la chusma con la que, debido a mis escasos recursos, tuve que compartir el interminable viaje, entonces vestí mis mejores ropas y lucí la gracia de mis modales confundiéndome entre los graves aristócratas de la corona, desgraciadamente notaron mi intromisión, sin embargo no dieron aviso a las autoridades, mas bien me permitieron estar cerca, aunque un tanto apartado, donde mi presencia no les resultara incomoda, por así decirlo. Por fortuna los nativos me han tratado como a un rey. Además he conocido a una bella italiana hija de un cónsul, no demoré en entrar en la lujosa estancia que alquilan haciéndome pasar por un naturista a quien le robaron tanto los libros como el cotoso laboratorio portátil. Sin duda mis dotes de gigoló se han refinado con los años.



Querido camarada y Coronel Shaftesbury, desistir de una guerra siniestra e injusta no fue un acto de cobardía, por favor conteste mis cartas.



¡Vida a la Reina! Quien nunca te olvida:



Thomas Fabricius Ulster

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