viernes, 23 de mayo de 2008

Holograma

Llegó una noche. Como un imán fue barriendo mis sentidos, concentrándolos así en un solo punto.

Proyectó en mi frente, superponiendo, desbordando, inundando mis ojos con millares de daguerrotipos pálidos. Instantáneas fantasmagóricas. Toda una antología de la bellesa de su rostro de aura azul, magenta tu boca, blanca la luz de tus ojos lunáticos.

Ondulaba su cuerpo sobre el mío como una serpiente marina, tan liviana como un dragón mágico.
Por momentos se hacía invisible y solo importaba el tacto de su fina piel olorosa y seca. Otras veces se desvanecía la materia, la carne quedando solo su imagen holográfica. Tan lumínica su presencia, avistamiento de un ángel, y yo con torpes manos buscándola, atravesando algo tan delicado como el humo violáceo de la mariguana. Entonces la llamaba sin saber su nombre y ella se corporificaba nuevamente, sus manos firmes sobre mi pecho. Intensa volvía para otra vez desaparecer. Toda ella vibraba y ronroneaba de pies a cabeza. Me lamía el pecho y se saboreaba profundamente después de besarme o chuparme.

¡Cuánta alegría en la fuerza de esos abrazos!

Todo cuanto insinuaran sus cuerdas vocales destinaba a mis oídos. No dejábamos de reír y transpirar.

La luna y su piel tenían el mismo sabor.

La atmósfera nos hinchaba.

De cuando en cuando una gota de sudor caía de su frente a mi boca, sabor a lágrimas, lágrimas raras. Su cabello negro, fino y suave como hilos de agua perfumaba todo y nuestra cama deshecha se embellecía constantemente con las luces tenues y sus formas de sombras de color bordó.

Comenzó toda ella a hacerse líquida, dorada como aguamiel. Sus caderas como una boca hambrienta se aferraban a mí. Su corazón idéntico al sol, su cuerpo transparente ¡la carne es alma!

Me besó con los ojos, con la risa, con las manos, con la nariz y desapareció por completo en la penumbra.

A oscuras, aún retorciendome del cosquilleo y la alegría extraña, acariciándome el esternón dorado, contemplando mi cuerpo allá en la cama desde lo alto del techo. Cayó una gota de las incompresibles alturas sobre la cama en medio de la habitación que onduló toda como si fuera un lago que en su movimiento contiene la presión de una roca que a el fue lanzada.

Tan tranquilas las aguas.

Ella, dejo su olor impregnado en todas las paredes, en mi ropa y en mi piel, hasta mi aliento era el de ella; ese olor que pocas mujeres tienen como a bergamota lunar y jazmín.

Ella jamás existió.

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