lunes, 22 de septiembre de 2008

el nuevo orden de las cosas






Los dioses dominan el tiempo y el espacio, yo quiero ser un dios, eso es la cresta de la ola darwiniana. ¡Viva el Arte, viva el Sur arriba!
Para que se acostumbren.

lunes, 8 de septiembre de 2008

Artecarne-Carnearte


Un día dije: Quiero ser un artísta de vanguardia. Ahorré dinero y me compré un equipo de nanotecnología que me permitía experimentar sobre mi propio cuerpo.


Pensé en construir una pequeña ciudad, entonces puse manos a la obra. Lo primero que hice fue construir una lupa de unos veinte y cinco kilogramos. Tan pequeña sería la metrópolis de mi inspiración que las agujas con las que empecé mi labor resultaron pesadas y grotescas. El microcosmos era mi dominio, y tenia hartas ganas de detalles. Solo podia buscar la perfección.


Comencé por levantar las columnas del palacio principal, justo al centro de mi metrópolis circular. Para ello extraje de mi propio cuerpo el zinc y el potasio, y con las partículas apiladas edifiqué un bello templo, algo así como el Taj Mahal de Venus o Neptuno.


Quise dedicarle parte de mi pequeña y magnífica obra a un viejo amor, entonces sobre la cúpula principal del palacio central, con todo el calcio que pude extraer de mis huesos, edifiqué la mas espléndida torre de marfil, la que adorné con rubíes que en verdad eran glóbulos rojos.


La arquitectura de la fuente pública parecía del siglo XXX. Para ello utilicé casi todo el hierro y el magnesio que pude extraerme.


A los pocos días comencé a sentirme terriblemente enfermo. Frente al espejo contemplaba la extinción de la llama inquieta en mi iris creativo. Con los ojos opacos, la piel transparente y los dientes que se me caían, llegó un hastío insoportable. Hedía mi piel a azufre quemado. Noche tras noche las pesadillas de intolerable locura y violencia me arrebataban las pocas energías que aún tenía.


Si terminaba esa magnífica obra que había comenzado semanas atrás, de seguro moriría. Y si no lo hacía también. El sustento de la maquinaria de mi vida satisfacía una estética ridícula y ostentosa y con ella se derrumbaba mi cuerpo.


Una mañana salté sobre mi obra y la devoré con mis encías sucias y los pedazos de dientes que aún me quedaban. Comí desesperado, intentando devolver la pasta que antes fue salud a mi cuerpo.


Luego lloré por destruir mi tan magnífica y sacrílega obra. Lloré porque ella me destruía y solo alimentaba mi vanidad y los deseos de ser inmortal (fantasía judeo-cristiana-egipto-musulmana). Lloré cuando supe que en el momento en que modelé la primer mastaba y pegué el primer microladrillo; todo lo que hacía era destruir la obra que en verdad era mi cuerpo y su salud. Más aún lloré cuando entendí la simetría infinita entre mi egoísmo vanidoso y la sociedad orgullosa de ser caníbal, en la que vivo aún.


Cuando el dolor de espíritu pasó, la temperatura global había aumentado seis grados centígrados. No había trigo, ni papas, ni maíz, ni tomates y muchos animales desaparecían, lo mismo que las grandes ciudades.


"La tierra está haciendo como yo" pensé. "Se está devorando su obra para recuperar su salud. Otra ves está sepultando el hierro y el oro y el cobre y el petróleo."


Era de noche y el vapor agrio de mar nos sofocaba. En la calle unos pacifistas comían piedras. Los vegetarianos desesperaban; entre ellos ví una muchacha de mi edad que se alejaba del grupo, saqué el cuchillo y preparé los dientes "¡A ésta me la como yo!" dije para mis adentros. Y así he vivido los últimos meses; comiéndome a cuanto niño, adulto, animal o demonio pase por mi territorio. Hay quienes cazan en familia, a mí me gusta hacerlo solo como un tigre o un lobo oscuro.


Según Darwin; mis tataranietos tendrán una mandíbula mas poderosa y dientes y uñas mas duros y filosos. Tal ves vean mejor en la oscuridad. No sé. Solo sé que ya no somos humanos, ahora somos caníbales o muertos de hambre. Quizá tuvimos la oportunidad de evolucionar en forma pacífica, como una sociedad culta y conservadora de los principios básicos para el equilibrio de la vida, pero en el fondo todos queríamos ésta orgía sangrienta.


Lo bueno es que ya nadie le echa la culpa a Dios o al Diablo, en éste futuro presente no existe el pecado sino la lucha por la supervivencia. Y el único alimento es nuestro prójimo.