Una espiral en mi cuerpo. Una tormenta eléctrica en mi cabeza. Una tristeza aguda como los sueños ajenos cuando aprisionan nuestra imaginación. Estúpido por los carteles, intoxicado de elecciones correctas, mi instinto va en contra de la mitad del mundo.
Llega una mano con olor de paz. Se inquieta el espíritu con la proximidad de sus ojos. La intimidad interior, la piedra que amarga en mi estómago, levita, pierde el peso mortal. Se desvanece el agujero negro que como un péndulo atado a un hueso astillado en mi cerebro anunciaba la locura y la muerte.
En palabras angustiadas por mi incomprensión relata sus sueños que son míos; los vivo; y el viento de mi espíritu es liberado como las lágrimas de mi corazón.
Mas tarde las angustias terrenas y el pasado como capa mojada, muy atada a la garganta, descalibran la seguridad de los sentimientos. Brota pus encapsulado por años en duras cicatrices hinchadas, secas, ásperas, duras, vivas como filo de espectros.
Su emoción repentina, infantil, me asusta. El sentimiento artístico de sus lágrimas saladas, tibias y rosadas. No tiembla mi pecho sino mi conciencia.
Como un psicótico de lo más cuerdo, insensible, escuche sus palabras pero en verdad solo preste atención a sus ojos: tiene el brillo blanco de la salud, de la pronta y feliz maternidad, un tono y medio mas bajo que el de la indiferencia manipuladora. En ese punto de luz, idéntico al reflejo de mi iris, es cuando nuestra piel es una y se huele la torre de leche y miel.
Las revoluciones irracionales pierden gravedad y la suavidad del viento interior modifica el pulso muscular. Se intuye la llegada de un nuevo hogar, y el trabajo de alcanzarlo mejor no pensarlo sino lograrlo. Por ella, por mí que ya somos tres.
El magenta salmón de sus labios suaviza mis necesidades. Las manos sobre la cabeza, el pecho bajo sus pestañas. Las alas crecen lenta y débilmente pero con la precisión quirúrgica que se requiere para edificar la vida que uno debe a su deseo, desea a su deber.
Los miembros mutilados son felices de ser lagartijas.
Blanca, ámbar, leche, miel, rosas blancas llueven con lluvia sobre vestidos de jazmines. Una grandeza sinfónica en los pasos sobre el agua. Montañas nevadas, el sol pestañando entre nubes rosas y grises. La sangre exige la fuerza de los ancestros para la revolución…en el cielo el viaje hacia el mar…todo está por ser.
miércoles, 1 de octubre de 2008
Gnossiennes No 1
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